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PLAN PASTORAL
CURSO 2001-2002

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Transmitir la fe de la Iglesia a todos los hombres (cf. 2 Tim 2,1-2), y en concreto a nuestros hermanos de la iglesia particular que peregrina en Madrid, ha sido la tarea de este Curso pastoral que finalizamos en el próximo mes de octubre.

El propósito principal de este Curso pastoral ha sido y es tomar conciencia de la urgencia evangelizadora desde una fe fortalecida y renovada en nuestras comunidades cristianas hacia una fe que ha de ser transmitida a los alejados y no creyentes.

Toda la Archidiócesis -según la valoración final que se ha hecho sobre la acogida del Plan, de su seguimiento y cumplimiento- se ha implicado en esta tarea, como lo hizo en anteriores Planes de Pastoral. Nuestras comunidades, en efecto, han reflexionado sobre los contenidos de la fe de la Iglesia que hemos de transmitir, así como de las personas y los lugares desde donde se transmite la fe.

Pero también somos conscientes de la imposibilidad de llevar a cabo un Plan tan amplio y programático en un solo Curso pastoral. Nuestras dificultades y limitaciones han impedido, sin duda, responder mejor a la llamada del Señor y de su Santo Espíritu.

Por todo ello, sería conveniente continuar este Plan Pastoral poniendo un especial acento en la transmisión de la fe a través de la celebración de los sacramentos con especial incidencia en los de la Iniciación Cristiana. A nadie se le oculta que la transmisión de la fe implica la formación y la celebración sacramental.

Esta propuesta -que quiere remitir a las indicaciones y subrayar las orientaciones del Plan, La transmisión de la fe: esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia-, va unida al comienzo de la preparación del Sínodo diocesano que, Dios mediante, tendrá su inicio en el 2002.

I CELEBRAR A JESUCRISTO EN UN MUNDO DE INCREENCIA

2. Decía en el Plan Pastoral que "en las numerosas Visitas Pastorales a las Vicarías, arciprestazgos, parroquias, Seminarios diocesanos, comunidades religiosas, colegios y asociaciones de fieles, se percibe cómo aflora la preocupación, cada día mayor, por la situación de increencia que nos rodea y, sobre todo, cómo ésta puede llegar, y de hecho llega, a influir en nuestros ánimos". La situación es tal que "muchos ya no niegan a Dios sino que lo consideran una mera proposición virtual".

Muchos de los hombres y mujeres que se dicen cristianos no conocen los rudimentos de la fe ni se sienten miembros de la Iglesia ni celebran el día del Señor. Esto tiene graves consecuencias: la Palabra de Dios que se proclama en la asamblea litúrgica para la edificación de la Iglesia, no es escuchada, ni conocida, ni imitada, ni vivida. Cada vez más, constatamos que muchos jóvenes y adultos, que recibieron el Bautismo cuando eran niños, no han recibido la instrucción catequética y, por tanto, no tienen conciencia de su pertenencia a la Iglesia o la contemplan como una mera institución humana privada de su Misterio, ignorando lo que la caracteriza y constituye en la verdad más esencial de su ser y misión de "ser en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano".

Pero a pesar de las dificultades no dejamos de profesar y anunciar con gozo y esperanza la fe en Cristo en el seno de su Iglesia. Esta profesión de fe pone de relieve "la íntima e irrenunciable conexión entre anuncio del Evangelio y celebración litúrgico-sacramental" "de los Misterios, cúlmen y fuente de donde brota toda la vida cristiana".

Con todo, viviendo en un mundo de increencia, pareja a la descristianización, nuestra propuesta pastoral es celebrar a Jesucristo, el Misterio de Dios, secundando el programa indicado por el Santo Padre en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte.

La celebración de los Misterios o sacramentos se denomina liturgia y ésta es la cumbre a la que tiende la acción evangelizadora de la Iglesia. "La evangelización no consiste sólo en la predicación y en la enseñanza del Evangelio de Dios, sino también en su celebración". La transmisión de la fe se realiza en los sacramentos que la confiesan y la expresan (liturgia), y que son, ante todo, celebración del acontecimiento de la salvación, que se vive en el testimonio (martyria) y en el servicio de caridad a los hermanos (diakonia).

3. La liturgia es el ámbito privilegiado en el que se confiesa la fe, pues la celebración litúrgica es la expresión de la fe de la Iglesia. Una comunidad y cada uno de los que la celebran con autenticidad acogen y profundizan en el significado de las acciones salvíficas celebradas, es decir, en el Misterio o acontecimiento de salvación que se hace eficazmente actual en la sacramentalidad de la Iglesia por medio de gestos y palabras, signos y símbolos. La liturgia es la teología celebrada; por ello, a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, se subraya la profunda e intimísima relación entre el objeto de la liturgia, en cuanto celebración de la fe que nos salva, y el objeto de la teología, en cuanto reflexión sobre la fe celebrada.

4. Cuando se afirma que en la celebración litúrgica se confiesa o se celebra la fe, no se alude tanto a la fe personal como a la fe eclesial. Es la fe que hacen suya los que la profesan al celebrar los Misterios. La misma celebración es una confesión de la fe. La Iglesia cree de la misma manera que ora según reza el antiguo axioma: la plegaria es norma de la fe (Lex orandi, lex credendi). Todo lleva al creyente, cuando celebra, a proclamar: Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

5. Asimismo, la celebración es expresión de la fe. Los Misterios de la fe, en cuanto acontecimientos salvíficos, son objeto de la fe de la Iglesia, pero son también contenido de la celebración. El sentido teológico que la liturgia contiene manifiesta cómo en la celebración se refleja siempre una doctrina de fe y una enseñanza auténtica, aunque su finalidad no sea directamente catequética. Por otra parte, tantas veces, -en los casos de los alejados y otros de los que se acercan a nosotros por los más variados motivos- la celebración litúrgica precede a la fe propuesta por la Iglesia, constituyendo el factor decisivo para adentrarse en el Misterio celebrado.

II Orientaciones teológico-pastorales

6. La misión de la Iglesia es dar a conocer a Jesucristo con palabras y con obras. Todo programa eclesial, afirma Juan Pablo II, "se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste". Jesucristo es la mediación, es el sacramento del encuentro de Dios con el hombre. "En tus Misterios es donde te encuentro Señor", escribió san Ambrosio; "lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus Misterios", leemos de san León Magno, "los misterios y sabiduría y maravillas de Dios, que están encerradas en él (en el Hijo)", anota San Juan de la Cruz. La certeza de esta fe, que nos abre las puertas de la salvación, se celebra pues como consecuencia de la voluntad salvífica del Padre.

7. Este Misterio de gracia y salvación continúa presente en la Iglesia, que lo profesa en la fe y lo celebra en los sacramentos, signos eficaces que confieren y significan la gracia y que responden a la voluntad salvífica de Cristo. San Isidoro de Sevilla, sintetizando el sentir de los Santos Padres, resumió así la relación entre la fe de la Iglesia y sus celebraciones sacramentales: "En una celebración, sacramento consiste en realizar algo que debe entenderse con un significado concreto y que ha de ser recibido santamente. Sacramentos son el bautismo, el crisma, el cuerpo y la sangre del Señor. Y se denominan sacramentos porque, tras la apariencia de cosas materiales, la virtud divina lleva a cabo en secreto el poder salvador de estos sacramentos. Por tales razones se les denomina sacramentos a causa de su virtud secreta o realidad sagrada. En manos de la Iglesia, su acción es fructífera, porque permaneciendo en ella el Espíritu Santo, realiza ocultamente el efecto de estos sacramentos... que en griego se denominan Misterios".

En nuestros días, el Concilio Vaticano II presenta el orden de la salvación sacramental en la Constitución dogmática sobre la Liturgia, y en la dedicada a la Iglesia. Se afirma que los sacramentos son signos ordenados para la santificación de los hombres y para la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, para dar gloria a Dios. La doctrina conciliar recuerda que no sólo suponen la fe, sino que, a la vez, la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y de cosas; por eso se denominan sacramentos de la fe.

La Iniciación Cristiana como don eclesial

8. La Iglesia, protosacramento de Jesucristo y guiada por el Espíritu Santo " realiza la transmisión de fe a través de toda su vida; pero de un modo especial y preeminente lo hace por medio de la Iniciación Cristiana". "Mediante el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía se ponen los fundamentos de toda la vida cristiana". Los fieles, renacidos en las aguas bautismales, se fortalecen con la Confirmación y se alimentan con la Eucaristía en un camino espiritual que recorren gradualmente.

9. La Iniciación Cristiana es un don de Dios que recibimos por la mediación de la Iglesia, que exige la conversión y se expresa sacramentalmente, y por cuyo medio se nos otorga la salvación y se nos abre a la vida eterna. El inicio de la conversión comienza con el anuncio del acontecimiento salvador, y éste se hace realidad vivida en la celebración de los sacramentos. Por ello, hemos de ofrecer, con denuedo y sin desfallecer, el anuncio del acontecimiento de la salvación que nos viene de Jesucristo, maestro y redentor de los hombres, con la convicción puesta en sus palabras: Nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu Santo. Confesamos esta fe y celebramos los sacramentos sin dicotomía, ya que el mismo que nos envió a predicar la fe a todas las gentes nos mandó bautizar y reiterar la fracción del Pan.

10. Gracias al itinerario sacramental de la Iniciación Cristiana una persona se integra en el Cuerpo místico de Cristo y se configura con él mediante el Bautismo, la Confirmación y la primera comunión eucarística. Esta Iniciación trasmite la gracia divinizadora: Dios actúa sobre el hombre haciéndole posible que reciba la vida nueva de Cristo. En este itinerario, el Bautismo es la puerta de la Vida y del Reino; es el sacramento de la fe con el que a los hombres, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, se les perdona el pecado y responden al Evangelio de Cristo. Por él los hombres son incorporados a la Iglesia y por la invocación del nombre de la Trinidad Santa son consagrados y entran en la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Existe, además, un nexo profundo con la Confirmación, que robustece la fe que el cristiano ha de confesar con la oblación de su propia vida. Al enlazar ambos sacramentos se significa la unidad del Misterio Pascual y el vínculo entre la misión del Hijo y la efusión del Espíritu Santo, así como la conexión entre ambos sacramentos; porque por el sacramento de la Confirmación se comunica el don del Espíritu que perfecciona al cristiano, no podemos considerarlo como un suplemento facultativo, o reducirlo a un mero compromiso. Con la Eucaristía encuentra su consumación la Iniciación Cristiana en la que el creyente se incorpora plenamente al Misterio de la Iglesia.

11. En el itinerario de los que fueron bautizados siendo párvulos, está presente también el sacramento de la Penitencia, que otorga el perdón de los pecados cometidos después del Bautismo. El "sacramento de la conversión", como lo llama el Catecismo, se debe celebrar también antes de participar, por primera vez, de la Eucaristía, incluso en el caso de los niños, evitando cualquier práctica contraria.

12. El itinerario sacramental de la Iniciación Cristiana íntimamente relacionado y trabado entre si, que hace de nosotros nuevas criaturas en la comunión de la Iglesia, tiene como objeto transfigurarnos mediante la conexión real con Cristo, por la fuerza de su Misterio Pascual, para la comunicación con el Padre en el Espíritu Santo.

La grandeza de este Misterio de nueva vida conlleva una educación en la fe, de tal manera que conduzca a cada cristiano a vivir los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe. La pastoral sacramental ha de orientarse no sólo a que la celebración sea válida y lícita, sino también a que los sacramentos sean vividos como acontecimientos de salvación, y con una participación consciente, activa y fructuosa. Todo lo cual exige una acción educativa lenta, progresiva y realista, y, además, dedicar un especial empeño catequético en su preparación y celebración.

13. Un aspecto importante de las relaciones entre la liturgia y la fe es el enriquecimiento de la fe que se produce en toda acción litúrgica. En efecto, los sacramentos, y con ellos todos los signos litúrgicos, no sólo suponen la fe y la expresan mediante palabras y gestos, sino que la fortalecen y la alimentan. Los sacramentos "confieren ciertamente la gracia, pero también su celebración dispone óptimamente a los fieles a recibir la misma gracia con fruto, a dar culto rectamente a Dios y a practicar la caridad". Esta función que alimenta y enriquece la fe se denomina desde antiguo Mistagogia.

La denominada catequesis mistagógica se dirige a los bautizados y confirmados, a los que se introduce progresiva y gradualmente en los Misterios sagrados. Su fundamento es la certeza de que a través de las celebraciones de la Iglesia el Espíritu Santo hace partícipe al hombre de la vida divina: de una experiencia sobrenatural de la fe. Por lo tanto, toda celebración auténtica es mistagógica porque en la práctica es el modo pleno de celebrar los sagrados misterios, dando primacía a la Palabra divina y a la dimensión invisible y trascendente de la acción ritual. Resulta en sí misma mistagógica: fuente en que se nutre y vigoriza la fe. Una celebración es tanto más mistagógica cuando, con sentido de lo sagrado, introduce y anima el espíritu de oración y la participación interior.

14. Durante el ciclo del año la Iglesia desarrolla todo el Misterio de Cristo. En el conjunto del Año Litúrgico, que es el gran programa pastoral que la Iglesia propone anualmente a los fieles, se celebra la obra de la salvación en días concretos a través de momentos sacramentales. A pesar de su repetición cada año, no hay monotonía, ya que el tiempo litúrgico está impregnado de la novedad inagotable del Misterio de Cristo. El tiempo celebrado en este círculo anual muestra así una fe que desarrolla los diversos aspectos del único Misterio Pascual.

El Santo Padre recuerda en su Carta Apostólica Novo millennio ineunte cómo a partir del Concilio "la comunidad cristiana ha ganado mucho en el modo de celebrar los Sacramentos y sobre todo la Eucaristía", y cómo "es preciso insistir en este sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana". El primer día de la semana es la fiesta primordial de los cristianos por ser el día de la Resurrección del Señor y que la Iglesia ha guardado como el día en que resucitó también nuestra vida. En él se celebra el acontecimiento fontal de la Iglesia por el que muchos han dado la vida ya que los cristianos no podemos vivir sin el día del Señor. La verdad de la resurrección de Cristo es el dato originario sobre el que se apoya la fe cristiana, acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo y que prefigura el último día, cuando Cristo vuelva glorioso en aquel domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en el descanso del Padre.

15. Queda por hacer, sin embargo, una intensa tarea pastoral hasta conseguir que la Eucaristía dominical sea una verdadera celebración de acuerdo con los tres grandes ejes simbólicos:

16. No menos urgente es asegurar, con los tiempos litúrgicos concretos, lugares de silencio y adoración que permitan la oración personal, así como otras celebraciones dominicales. Entre estas celebraciones destaca la Liturgia de las Horas y el Oficio Divino, donde el Misterio de Cristo penetra y transfigura el tiempo de cada día.

Ahora bien, si el hontanar de la sacramentalidad es la presencia eucarística, junto con la sacramentalidad del tiempo se ha de hablar de la sacramentalidad del espacio: hemos de posibilitar al pueblo de Dios iglesias abiertas donde se convoque a la celebración más completa del día del Señor, y a la diaria celebración y adoración eucarística.

  • La familia: ámbito sacramental

17. La familia es un marco privilegiado de gracia para recibir, vivir y desarrollar la fe. La familia, la primera y más fundamental célula de la sociedad, es contemplada en la Plegaria Eucarística como iglesia doméstica y sacramento del amor de Dios. Es el primer ámbito de transmisión de la fe con el ejemplo de vida, la oración en común, las celebraciones del Bautismo de niños, la Confirmación, la primera Penitencia, la Eucaristía y la catequesis que todo este itinerario lleva consigo. Lo acabamos de recordar colegialmente los Obispos de España: "La transmisión de la fe encuentra en la familia un entramado de comunicación, afecto y exigencia que permite hacerla vida. En el ámbito de las relaciones personales se produce el despertar religioso que tan difícilmente se logra en otras circunstancias. Igualmente, es un lugar privilegiado para aprender la oración. En la familia la plegaria se une a los acontecimientos de la vida, ordinarios y especiales. La oración familiar es germen e inicio del diálogo de cada hombre con Dios. El seno de la familia es el primer lugar natural para la preparación de los sacramentos. Estos santifican esos acontecimientos básicos que constituyen la historia misma de la familia. El nacimiento de los hijos, su crecimiento, el matrimonio y la muerte de los seres queridos".

Por lo tanto, para potenciar la celebración familiar de la fe no está de más recordar la importancia de dos aspectos. El primero a tener en cuenta es que "los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y su ejemplo". El segundo, que compete a las comunidades cristianas, es el cuidado esmerado de la celebración eucarística con los más pequeños, respetando cuidadosamente las orientaciones del Directorio para las Misas con niños. Se ha de animar y favorecer la participación conjunta de la familia en la Misa dominical así como la oración en familia.

  1. Dos momentos sacramentales

18. Si bien es cierto que en este Curso los acentos pastorales se orientan especialmente a la transmisión de la fe en la celebración de los sacramentos de la Iniciación Cristiana, no podemos olvidar dos momentos sacramentales de particular importancia pastoral: el Matrimonio y las Exequias.

En el documento Acogida y acompañamiento de los alejados que se acercan a la Iglesia con motivo de los Sacramentos me refería ampliamente a nuestra actuación pastoral en ambos momentos sacramentales, dispensados en el ámbito de nuestra sociedad secularizada y, en muchos casos, alejada de Dios.

Afirmaba entonces que la solicitud de los sacramentos por parte de los alejados de la Iglesia es una ocasión importante para la evangelización. Si bien es cierto que no todos los que solicitan los sacramentos se hallan en el mismo nivel de fe y vida cristiana, y que cada persona se encuentra en una situación particular, no es menos cierto que para todos es una ocasión privilegiada para la transmisión de la fe, "...invitándoles a la conversión personal y ofreciéndoles, mediante la predicación y los ritos sacramentales, el Evangelio que tratamos de vivir".

  • El Matrimonio

19. Decíamos en nuestras orientaciones pastorales que titulamos Acogida y acompañamiento de los alejados: "El sacramento del matrimonio es tal vez el que presenta más dificultades para la acción misionera y, al mismo tiempo, el que abre más posibilidades para la transmisión de la fe. Por un lado, parece que se diluye cada vez más la conciencia de la vocación cristiana al matrimonio, y a vivir y transmitir la fe en la ‘iglesia doméstica’ que es la familia. Parece que el materialismo, el egoísmo y el hedonismo oscurecen el sentido cristiano del matrimonio y la familia. Por otro, depende en gran parte de las familias cristianas la educación en la fe de las nuevas generaciones".

La celebración del matrimonio cristiano, sacramento de la nueva Alianza, requiere una detenida y esmerada preparación. En nuestras orientaciones pastorales describíamos el itinerario que había de seguir una adecuada preparación del sacramento: acogida y diálogo de los novios, conocimiento de las situaciones diversas en que pueden encontrarse los contrayentes, preparación catequética y tramitación del expediente matrimonial.

  • Las Exequias

20. A nadie se le oculta tampoco el valor pastoral de cuidar las celebraciones exequiales porque son "un modo privilegiado de preparar el encuentro con el corazón mismo del Evangelio y celebrarlas dignamente es una ocasión muy especial para hacer converger dos realidades a veces injustamente contrapuestas: evangelización y liturgia". "Los funerales cristianos, además de ser celebración de un Misterio, contienen importantes elementos catequéticos". También para este momento se apuntaban unas actitudes de actuación pastoral que han de acompañar a la celebración de las exequias del cristiano: el acompañamiento humano y cristiano en su última enfermedad, el contacto con sus familiares y la presencia orante de la comunidad cristiana. En lo referido a las exequias, recordaba: "La comunidad cristiana ora por los difuntos y enseña y consuela a los vivos, pero principalmente considera el hecho de la muerte como acontecimiento de salvación, y celebra su vinculación con la muerte y resurrección de Jesucristo".

Hemos de hacer lo necesario para que los cristianos recuperen el sentido pascual de la celebración cristiana de la muerte y que, a través de las exequias, expresen su fe y esperanza en la vida eterna y en la resurrección. La celebración de las exequias no es un asunto sólo de los allegados al difunto, sino de toda la comunidad cristiana. La presencia del ministro ordenado asegura la plena expresividad eclesial, sin embargo, en su ausencia forzosa, prevéase que las oraciones propias de las diversas estaciones sean dirigidas por laicos.

III Principios de actuación pastoral

21. Es evidente que la celebración de los Misterios de la fe requiere un corazón bien dispuesto y preparado para que se desarrolle toda la virtualidad que le es inherente y participemos en ella de un modo consciente, activo y fructífero. Por eso es muy importante que vaya precedida por un tiempo suficientemente prolongado de formación. Mas ésta no puede superar en importancia y valoración pastoral a las mismas acciones salvíficas del propio Cristo realizadas por la Iglesia, que son los sacramentos.

Así, pues, la transmisión de la fe tiene como finalidad su profesión. Para ello, es menester una iniciación sistemática y gradual en los contenidos de la misma, y de este itinerario forman parte las celebraciones en espíritu y en verdad.

La fe profesada se entraña en la celebración litúrgica de los Misterios de la Salvación, pues es en ellos donde se realiza el acto mismo de la entrega o donación de aquello que la Iglesia invita a creer, a esperar y a amar. La misma celebración de los sacramentos comunica el verdadero y propio conocimiento de la fe de la Iglesia, pues en la celebración, la fe se propone, se confiesa, se explica y se vive. Por medio de la acción litúrgica se recibe la fe y la vida teologal que brota de la misma; y, alimentada por los sacramentos, la vida de la fe crece y se desarrolla, al tiempo que va siendo sostenida y acompañada por la formación y la educación permanente de la Iglesia.

En suma, en la transmisión de la fe se asocia indisolublemente la profesión de la fe del Credo con la celebración de los sacramentos, entendidos como lo que son: acciones salvíficas de Jesucristo, que prolonga su obra en el tiempo por medio de la Iglesia. Los misterios de la fe que profesamos en el Credo los celebramos en los sacramentos. Y lo hacemos todos. Por ello la pasión apostólica que nos urge a no cejar en la nueva evangelización implica a todo el Pueblo de Dios de la Archidiócesis. Todos los que hemos conocido el amor de Dios tenemos la grave responsabilidad de anunciarlo. Con palabra y obras, con todos los medios a nuestro alcance, con el testimonio de la caridad y con los modernos medios de comunicación social. En la celebración de los sagrados misterios quedan bien claros los destinatarios de la salvación obrada por Cristo: Por vosotros y por todos. Nadie debe quedar excluido de este anuncio de conversión y de gracia: los hombres y mujeres de toda clase y condición, de toda raza y lengua.

22. Para concretar los grandes principios expuestos, se proponen algunas acciones para la actuación pastoral que pueden ser de utilidad en este camino diocesano que estamos recorriendo al inicio del Tercer Milenio del Señor Jesucristo, en quien creemos y al que celebramos en la Iglesia con la esperanza de participar eternamente en su gloria.

23. Tiempo litúrgico:

24. La Oración:

25. La celebración de los sacramentos:

26. Los sacramentos de la Iniciación Cristiana:

27. La Reconciliación de los penitentes:

28. La Eucaristía:

29. El Matrimonio:

30. Las Exequias:

31. La formación litúrgica:

En los inicios del nuevo milenio, encomendamos estas propuestas pastorales para el Curso 2001-2002 a la protección de Nuestra Madre y Señora la Virgen de la Almudena.

Con mi afecto y bendición,

† Antonio María Rouco Varela
Cardenal-Arzobispo de Madrid

Madrid, 16 de julio de 2001,
Nuestra Señora del Carmen.